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UN CAHUIN DE 250 AÑOS: 1767-2017

UN CAHUIN DE 250 AÑOS: 1767-2017


 

 

 

 

 

Entre el 27  y el 29 de abril se llevará a efecto el primer Congreso de Gastronomía, “Cahuín 2017”, en el Arena Puerto Montt y como en los  viejos tiempos, este evento tendrá como tema central lo que hoy llamamos Gastronomía.  

Así lo explica el chef suizo Frederic Emery, director del Comité Organizador del encuentro y es además el jefe de la carrera de Gastronomía en la Universidad Santo Tomás. Frederic explica que la idea es “potenciar la gastronomía chilena” y también “generar reflexión sobre la importancia de la gastronomía en el desarrollo turístico y cultural del país”. Qué duda cabe, la gastronomía es importante como en todos los tiempos y a esta moderna versión del Cahuín asistirán destacados chefs y expertos de la buena cocina.

El término Cahuín forma parte en el uso de nuestro lenguaje diario, sin embargo, poco se sabe de su origen, proviene del veliche o mapuzungún de la zona, sin duda, pero como toda denominación su significado ha sufrido importantes variaciones con el paso de los siglos. Pero también es evidente que el evento mismo ha experimentado los cambios inevitables que genera el paso del tiempo.

El Cahuín para nuestros antepasados era también una reunión social, la cual congregaba a un grupo de personas dispuestas a pasarlo bien, en torno a la degustación de las mejores viandas de esos tiempos, acompañadas de abundante bebida y de  canciones. Un sacerdote y cronista de la época, Seguismundo Guell, escribe por 1767 que los indígenas del sur de Chile, tenían sus “cahuines o convites poco honestos”. Para tales efectos, dice Guell, se procede de la siguiente forma: “Se juntan muchas personas o familias, cada una  de las cuales está obligada  a dar para el convite, quien una oveja, quien una ternera, quien un puerco, quien un carnero, etc., y llevarlo consigo a la casa o rancho, donde es el convite. Y en aquel triste rancho, donde apenas caben doce, están treinta y cuarenta días y noches hasta acabar lo que trajeron para el convite”. Celoso de su ministerio, el sacerdote tiene una opinión crítica de este tipo de reuniones: “Y  allí revueltos hombres y mujeres no será fácil evitar mil deslices, mas procuran que los misioneros no lo sepan. Su bebida –agrega- no es otra cosa que la harina de cebada tostada, puesta en infusión algunos días”.

El célebre piloto de la Armada Real, José Moraleda y Montero, estuvo entre 1786 y 1797 en estas tierras y también deja una versión, bastante crítica de los populares cahuines, según su punto de vista: ”Estas infames vilísimas juntas están prohibidas con graves penas, pero no dejan de practicarse, ya disimulada, ya furtivamente, algunas; a cuyo efecto se emplazan veinte i cinco, treinta o más sujetos de ambos”. Moraleda se refiere también a lo que aporta cada invitado para la ocasión: “uno lleva una vaca, otro un ternero, aquel un par de cerdos, éste dos o tres carneros, el otro corderos, uno gallinas, otros pollos, botijas de chicha, aguardiente, chiguas de trigo, papas, harina, cebada, etc., etc”. Y pertrechados en abundancia, dice, “se meten en una casa, i hasta que aquellos víveres no se consumen no se acaba el cahuín”.


Otro sacerdote, fray Pedro González de Agüero, cuenta en su clásica obra “Descripción Historial de Chiloé” (1791), que por esos tiempos los habitantes de estas latitudes complementaban su  dieta diaria basada en pescados y mariscos, con algunos productos de la tierra, tales como:  trigo, cevada, papas, quinoa, avas [sic], frijoles, y lino [linaza]; pero de todo esto no con  abundancia que pueda nombrarse tal; ni tampoco con tanta escasez”. Dice el autor que también comían pan por aquel entonces, al contrario de lo que se afirma en algunas publicaciones, las cuales aseguran que sólo se consumía “los días festivos, y esto [sólo] los [individuos] acomodados. ¡Extraña ponderación! –agrega González de Agüero- pues soy testigo práctico de lo contrario, porque  sin ser acomodados son muchos los que diariamente  tienen en su mesa este esencial alimento”.

Alejandro Malaspina, otro gran marino que estuvo en Chile y otros lugares enviado por la corona española para hacer un completo informe científico sobre las colonias, escribió lo siguiente sobre la chicha, bebida presente en todo tipo de celebraciones: en teniendo abundancia de esta bebida (se ha  dicho que la hacen de manzana, i también de quinua i cauchau, que es una frutilla morada que da la luma) están tan contentos i dispuestos a sufrir cualquiera necesidades, que importa poco en su consideración consumir casi toda la cosecha en la chicha”. En aquellos tiempos esta bebida no se obtenía en abundancia, pero cuando la tenían, tanto indígenas como españoles gustaban hacer grupos para beber y disfrutar de manera colectiva y lo hacen, dice Malaspina, “formando varias frecuentes gavillas de personas de uno i otro sexo, a que llaman bebienda, donde efectivamente beben hasta quedar ebrios haciendo mil torpezas”. Estas reuniones se hacían normalmente de noche y para Malaspina son, “dignas de absoluta prohibición”. Sin embargo, agrega, hay cosas peores: “Pero lo son mucho más las asambleas numerosas que llaman cahuines, que con todo de ser un bárbaro resto de gentilidad ruda, no se desdeñan algunos españoles de formarlas también, entregándose en ellas a todo jénero de ecsesos de gula i otros”. El célebre navegante también cuenta cómo se lleva a cabo un cahuín: “se emplazan veinte i cinco, treinta o más sujetos de ambos  sexos –explica-; uno lleva una vaca, otro un ternero, aquel un par de cerdos, éste dos o tres carneros, el otro corderos, uno gallinas, otros pollos, botijas de chicha, aguardiente, chiguas de trigo, papas, harina, cebada, etc., etc., i así juntan víveres para seis, ocho o más días, se meten en una casa, i hasta que aquellos víveres no se consumen no se acaba el cahuín”.

El Cahuín constituye un patrimonio histórico, una herencia que en buena hora se intenta rescatar, dándole un contenido propio de estos tiempos, pero que debe reivindicarse para formar parte de nuestra indentidad local y regional.

Recortes historia mapuche



Diario El Meteoro, Los Angeles 6 de marzo de 1869:
“Desde entonces los proyectados arreglos pacíficos con los indígenas se convirtieron en una guerra asoladora, en una guerra de exterminioque el ex Ministro Errázuriz no trepidó en aconsejar… Don Cornelio Saavedra, por más que se trate de ocultarlo, es uno de los autores de la guerra actual con los indios…”
Ministro de Guerra Francisco Echaurren, Campamento de Loncochi, al sur del Cautín, 5 de marzo de 1869: “La hacienda en este territorio es muy abundante, y sin preocuparse mucho del arreo de ganados, tenemos ya reunida una cantidad de más de 500 cabezas de ganado vacuno, más de 2.000 ovejas, y una buena parte de caballos”.
El Mercurio de Valparaíso, 5 de abril de 1869: “Cautín, día 13 de marzo salió el coronel González con 300 infantes, 80 cazadores, 70 lleulles y 25 indios amigos en dirección a los lugares denominados Trustris y Maquegua, de los cuales sacó 400 animales vacunos, 200 caballares y 2.000 ovejas…
El día 22 llegó la división a Angol, trayendo mil cuatrocientos animales vacunos, trescientos caballares y un poco de ganado lanar, y habiendo consumido en el rancho de la tropa de ocho a diez mil ovejas.
Se han incendiado como 500 casa y una gran cantidad de sementeras de trigo y chácaras pertenecientes a las tribus enemigas…
Si el gobierno continúa por un año más castigando a estos salvajes ladrones, la tranquilidad de la Araucanía quedaría asegurada para siempre…
Horacio Lara, Crónica de Araucanía, 1889: “El general Pinto llevó la guerra a las mismas reduccioes de las tribus rebeldes, haciendo cruzar el territorio araucano en todas direcciones por infinitas divisiones en hostilidad abierta, privando al enemigo de todo recurso. Fue así como se comprende que desde noviembre del 68 a mayo del 69, se haya internado por diversos puntos al corazón de la Araucanía más de trece divisiones, arrasando la mayor parte de ellas con cuanto se encontraba al paso. El resultado de estas expediciones fue el incendio de más de dos mil casas de las tribus guerreras, las mayor parte repletas de cereales para la subsistencia; la destrucción de todos sus sembrados y por fin numerosísimos piños de ganado arrebatado a los mismos”.
El Mercurio, 6 de mayo de 1869: “Desde allí regresó (el comandante) Bulnes, capturando en distintas localidades y después de haber explorado los valle y montañas de Licura, Nihualhue, Otrin, Camptra, Taguolva, etc., quinientos animales vacunos, cien caballares y seiscientas ovejas…”
Parte de Guerra de Cornelio Saavedra, Cañete, 29 de noviembre de 1868: “Veinticinco carabineros de la Guardia Nacional se dirigieron al campamento enemigo la noche del 26, pero no consiguieron sorprenderlos porque ya habían tomado los bosques. Mataron no obstante tres indios que se ocupaban de cuidar las haciendas, a los cuales quitaron doscientos animales vacunos, cuarenta cabalgares y ochocientas cabezas de ganado menor, cuyo número se repartieron entre ellos mismos, regresando en la tarde del día 27 al lugar del campamento”.
Periódico El Ferrocarril, 17 de febrero de 1869: ”Estos son los hechos: el general Pinto… ha ordenado el arreo de los animales indígenas y el incendio de las rucas y sementeras araucanas; y en vez de guerra de soldados hemos tenido así en la frontera guerra de pastores y de pillaje desmoralizador”